Historia del movimiento feminista

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HISTORIA DEL MOVIMIENTO FEMINISTA
La primera ola. El feminismo ilustrado y la Revolución Francesa
En un pensamiento políticamente ilustrado, el feminismo es un discurso de la igualdad
que articula la polémica en torno a esta categoría política. Amelia Valcárcel afirma que
el feminismo tiene su nacimiento en la Ilustración porque como resultado de la
polémica ilustrada sobre la igualdad y diferencia entre los sexos, nace un nuevo
discurso crítico que utiliza las categorías universales de su filosofía política, pero de
ello no cabe deducir que la Ilustración sea feminista.
La Revolución Francesa (1789) planteó como objetivo central la consecución de la
igualdad jurídica y de las libertades y derechos políticos, pero pronto surgió la gran
contradicción que marcó la lucha del primer feminismo: las libertades, los derechos y
la igualdad jurídica que habían sido las grandes conquistas de las revoluciones
liberales no afectaron a la mujer.
En la Revolución Francesa la voz de las mujeres empezó a expresarse de manera
colectiva. Entre los ilustrados franceses que elaboraron el programa ideológico de la
revolución destaca la figura de Condorcet, quien en su obra Bosquejo de una tabla
histórica de los progresos del Espíritu Humano (1743) reclamó el reconocimiento del
papel social de la mujer.
En este contexto, Mary Wollstonecraft (Inglaterra) escribe la obra Vindicación de los
Derechos de la Mujer (1792) en la que hace un alegato contra la exclusión de las
mujeres del campo de bienes y derechos que diseña la teoría política rousseauniana.
Esta obra se convierte en el primer clásico del feminismo en sentido estricto. Para
Wollstonecraft, la clave para superar la subordinación femenina era el acceso a la
educación. Las mujeres educadas podrían además desarrollar su independencia
económica accediendo a actividades remuneradas. Sin embargo, Wollstonecraft no dio
importancia a las reivindicaciones políticas y no hizo referencia al derecho de voto
femenino. La Vindicación solamente logró traspasar sus ideas a pequeños círculos
intelectuales.
Tampoco tuvo mucho más eco la Declaración de los derechos de la mujer y de la
ciudadana, redactada por Olimpia de Gouges (1791). Olimpia de Gouges denunciaba
que la revolución había olvidado a las mujeres en su proyecto igualitario y liberador.
Sus demandas eran libertad, igualdad y derechos políticos, especialmente el derecho
al voto, para las mujeres.
El Código Civil napoleónico (1804), que recogió los avances sociales de la revolución,
negó a las mujeres los derechos civiles reconocidos para los hombres e impuso leyes
discriminatorias como definir al hogar ámbito exclusivo de las mujeres. Se instituyó un
derecho civil homogéneo en el cual las mujeres eran consideradas menores de edad;
esto es, hijas o madres en poder de sus padres, esposos e incluso hijos. Se fijaron
delitos específicos como el adulterio o el aborto. De otra parte, la institucionalización
del currículo educativo también excluía a las mujeres de los tramos educativos medios
y superiores.
Aunque en la Revolución Francesa las mujeres tomaron clara conciencia de colectivo
oprimido, ésta supuso una derrota para el feminismo y las mujeres que tuvieron
relevancia en la participación política compartieron el mismo final: la guillotina o el
exilio. La República no estaba dispuesta a reconocer otra función a las mujeres que la
que no fuera de madres y esposas (de los ciudadanos).
De esta manera, sin ciudadanía y fuera del sistema normal educativo, las mujeres
quedaron fuera del ámbito de los derechos y bienes liberales. Por ello, los objetivos
principales del sufragismo fueron el logro del voto y la entrada en las instituciones de
alta educación.
La segunda ola. El feminismo liberal sufragista
La misoginia romántica
Las conceptualizaciones de Rousseau que tenían como fin reargumentar la exclusión
tomaron fuerza y fueron filósofos como Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzche
los que lideraron esta filosofía.
El primero en abordar la reconceptualización de los sexos fue Hegel, que en la
Fenomenología del Espíritu explicó que el destino de las mujeres era la familia y el de
los varones el Estado y además éste no podía contradecirse.
Schopenhauer añadió que el sexo masculino encarna el espíritu, mientras que la
naturaleza es el sexo femenino y que la continuidad en la naturaleza es la
característica fundamental en la naturaleza. Esto es, lo femenino es una estrategia de
la naturaleza para producir ser.
La misoginia romántica se utilizó contra la segunda ola del feminismo, el sufragismo.
El sufragismo
En Estados Unidos las mujeres lucharon por la independencia de su país junto a los
hombres y posteriormente se unieron a la causa de los esclavos. Cada vez en mayor
medida las mujeres empezaron a ocuparse de cuestiones políticas y sociales. En el
Congreso Antiesclavista Mundial celebrado en Londres en 1840, el Congreso rehusó
reconocer como delegadas a cuatro mujeres y en 1848 en una convención se aprobó
la Declaración de Séneca Falls, uno de los textos básicos del sufragismo americano.
La declaración consta de doce decisiones e incluye dos grandes apartados: de un
lado, las exigencias para alcanzar la ciudadanía civil para las mujeres y de otro los
principios que deben modificar las costumbres y la moral.
El sufragismo tenía dos objetivos: el derecho al voto y los derechos educativos y
ambos marcharon a la par apoyándose mutuamente. El costoso acceso a la educación
tenía relación directa con los derechos políticos ya que a medida que la formación de
algunas mujeres avanzaba, se hacía más difícil negar el derecho al voto.
El movimiento sufragista era de carácter interclasista ya que consideraban que todas
las mujeres sufrían en cuanto mujeres, independientemente de su clase social,
discriminaciones semejantes.
El movimiento sufragista en Inglaterra surgió en 1951 e intentaron seguir
procedimientos democráticos en la consecución de sus objetivos durante casi cuarenta
años. Las sufragistas inglesas consiguieron tener como aliado a John Stuart Mill, que
presentó la primera petición a favor del voto femenino en el Parlamento y fue una
referencia para pensar la ciudadanía no excluyente.
Mill sitúa en el centro del debate feminista la consecución del derecho de voto para la
mujer: la solución de la cuestión femenina pasaba por la eliminación de toda traba
legislativa discriminatoria. Una vez suprimida estas restricciones, las mujeres
superarían su subordinación y lograrían su emancipación. Hubo que pasar la Primera
Guerra Mundial y llegar el año 1928 para que las mujeres inglesas pudiesen votar en
igualdad de condiciones.
En 1903, las sufragistas cambiaron de estrategia y pasaron a la lucha directa.
Interrumpieron los discursos de los ministros, fueron encarceladas, recurrieron a la
huelga de hambre y realizaron actos terroristas contra diversos edificios públicos.
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, los varones fueron llevados al frente y
las mujeres sostuvieron la economía fabril, la industria bélica y gran parte de la
administración pública. En tales circunstancias, nadie pudo oponerse a las demandas
de las sufragistas, el Rey Jorge V amnistió a todas ellas y en 1917 fue aprobada la ley
de sufragio femenino.
En el Estado español el feminismo llegó más tarde. Instaurada la república en 1914,
se aprueba el artículo 34 de la Constitución, que reconoce el derecho de las mujeres al
voto. En 1920 existían varias asociaciones feministas de diferente signo y sus temas
prioritarios eran la educación de las mujeres, la reforma del Código y el derecho al
voto.
Hacia los años 30 la mayoría de las naciones desarrolladas habían reconocido el
derecho al voto femenino, salvo Suiza, que no lo aceptó hasta 1970. El objetivo
principal de las sufragistas se había logrado y el feminismo pareció entrar en fase de
recesión.
Las feministas de esta primera época plantearon también el derecho al libre acceso a
los estudios superiores y a todas las profesiones, la igualdad de derechos civiles,
compartir la patria potestad de los hijos, denunciaban que el marido fuera el
administrador de los bienes conyugales, pedían igual salario para igual trabajo. Todos
estos objetivos se centraron en el derecho al voto, que parecía la llave para conseguir
los demás. Las feministas del siglo XIX y principios del XX pusieron énfasis en los
aspectos igualitarios y en el respeto a los valores democráticos. Era un movimiento
basado en los principios liberales.
El socialismo marxista
A mediados del siglo XIX comenzó a imponerse en el movimiento obrero el socialismo
de inspiración marxista. El marxismo abordó la “cuestión femenina” y ofreció una
explicación a la opresión de las mujeres: el origen de su subordinación no estaría en
causas biológicas, sino sociales. En consecuencia, su emancipación vendría por su
independencia económica.
Además, el socialismo insistía en las diferencias que separaban a las mujeres de las
distintas clases sociales y así aunque apoyaban las demandas de las sufragistas,
también las acusaban de olvidar la situación de las proletarias.
Por otro lado, a las mujeres socialistas se les presentaba la contradicción de que aún
suscribiendo la tesis de que la emancipación de las mujeres era imposible en el
capitalismo, eran conscientes de que para la dirección del partido la “cuestión
femenina” no era central ni prioritaria.
La Mística de la feminidad
Tras la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos y los medios de comunicación de
masas se comprometieron en un doble objetivo: alejar a las mujeres de los empleos
obtenidos durante el periodo bélico devolviéndolas al hogar y diversificar la producción
fabril. Las mujeres debían encontrar en el papel de ama de casa un destino
confortable y no salir a competir al mercado laboral. Pero la mística de la feminidad
estaba produciendo graves trastornos en la población femenina sobre la que se
ejercía.
Inmediatamente antes de esta maniobra, se había producido una obra fundamental
para el feminismo, El segundo sexo de Simone de Beauvoir (1949): La obra de
Beauvoir no se sabe si considerarla un colofón del sufragismo o la apertura a la
tercera ola del feminismo. Simone de Beauvoir analiza a las mujeres como el otro, el
sexo femenino es la otra cara del espejo de la evolución del mundo masculino y aporta
un análisis no biologicista al afirmar “no se nace mujer, se llega a serlo”. La libertad es
la idea central de esta obra que, sin embargo, cayó en el vacío pues se produjo en el
mismo momento en que la mística de la feminidad se estaba forjando.
La tercera ola. El feminismo sesentayochista
La publicación del libro de Betty Friedan, La Mística de la feminidad, que apareció en
Norteamérica en 1963 era una descripción del modelo femenino avalado por la política
de los tiempos postbélicos. El mensaje central de Betty Friedan fue que “algo” estaba
pasando entre las mujeres norteamericanas, ella lo denominó “el problema que no
tiene nombre”: las mujeres experimentaban una sensación de vacío al saberse
definidas no por lo que se es, sino por las funciones que se ejercen (esposa, madre,
ama de casa…). Las mujeres fueron atrapadas por la “mística de la feminidad” y para
romper esta trampa y lograr su propia autonomía, deberían incorporarse al mundo del
trabajo.
En 1966, Betty Friedan pasó a la acción y creó la Organización Nacional de Mujeres
(NOW), llegando a ser la organización feminista más influyente y sin duda Friedan la
máxima representante del feminismo liberal. Esta organización consideraba que si las
mujeres ejercían los derechos adquiridos, los ampliaban y se incorporaban
activamente a la vida pública, laboral y política, sus problemas tendrían solución.
Aceptando este planteamiento, muchas mujeres centraron sus esfuerzos en
desarrollar una vida profesional compatible con sus funciones dentro de la familia.
El feminismo liberal se caracteriza por definir la situación de las mujeres como una
de desigualdad -y no de opresión y explotación- y por postular la reforma del sistema
hasta lograr la igualdad entre los sexos. Las liberales comenzaron definiendo el
problema de las mujeres como su exclusión de la esfera pública, propugnando de esta
forma su inclusión en el mercado laboral y terminaron abrazando la tesis de lo
personal es político.
Sin embargo, fue al feminismo radical, caracterizado por su oposición al liberalismo,
a quien correspondió el protagonismo en las décadas de los sesenta y setenta.
Las primeras feministas de los setenta realizaron el siguiente diagnóstico: el orden
patriarcal se mantenía intacto. El marco político de nacimiento de la tercera ola del
feminismo fue la izquierda contracultural sesentayochista.
El feminismo de los años setenta supuso el fin de la mística de la feminidad y abrió
una serie de cambios en los valores y en las formas de vida. El origen del Movimiento
de Liberación de la Mujer hay que buscarlo en el descontento con el papel que las
mujeres jugaban en aquel sistema.
Movimiento de Liberación de la Mujer
La primera decisión política del feminismo fue la de organizarse de forma autónoma,
separarse de los varones, lo que llevó a la constitución del Movimiento de Liberación
de la Mujer. Todas las mujeres estaban de acuerdo en la necesidad de separarse de
los hombres, pero disentían respecto a la naturaleza y el fin de la separación. Así se
produjo la división dentro del feminismo radical entre “políticas” y “feministas”. Todas
ellas forman parte del feminismo radical por su posición antisistema y por su afán de
distanciarse del feminismo liberal, pero para las “políticas” la opresión de las mujeres
deriva del capitalismo y consideraban el feminismo un ala más de la izquierda y las
“feministas” se manifestaban contra la subordinación a la izquierda ya que
identificaban a los hombres como los beneficiarios de su dominación. Finalmente, el
nombre de feminismo radical pasó a designar únicamente a los grupos afines a las
posiciones teóricas de las “feministas”.
Feminismo radical
El feminismo radical norteamericano que se desarrolló entre los años 1967 y 1975
identificó como centros de dominación patriarcal esferas de la vida que hasta entonces
se consideraban “privadas”. A ellas corresponde el eslogan “lo personal es político”.
Hay que citar dos obras fundamentales Política sexual de Kate Millet y La dialéctica de
la sexualidad de Sulamit Firestone (1970). Estas obras acuñaron conceptos
fundamentales para el análisis feminista como el de patriarcado, género y casta
sexual. El patriarcado se define como el sistema básico de dominación sobre el que se
levanta el resto de las dominaciones, como la de clase y raza. El género expresa la
construcción social de la feminidad y la casta sexual alude a la común experiencia de
opresión vivida por todas las mujeres.
El feminismo radical organizó los grupos de autoconciencia, en los que se impulsaba a
cada participante a exponer su experiencia personal de opresión para analizarla en
clave política y lograr su transformación.
Otra característica común de los grupos radicales fue el exigente impulso igualitarista y
antijerárquico: ninguna mujer estaba por encima de otra, por lo que las líderes estaban
mal vistas. Los grupos se formaban por afinidad a la par militante y amistosa.
Feminismo de la diferencia
El feminismo radical estadounidense habría evolucionado hacia un nuevo tipo de
feminismo que se conoce con el nombre de feminismo cultural. Mientras el feminismo
radical lucha por la superación de los géneros, el feminismo cultural parece centrarse
en la diferencia. El feminismo cultural exalta el “principio femenino” y sus valores. Se
autoproclama defensor de la diferencia sexual, de ahí su designación como
feminismos de la diferencia frente a los autoritarios, se condena la heterosexualidad y
se acude al lesbianismo como única alternativa de no contaminación.
En Francia y en Italia existen notables partidarias del feminismo de la diferencia. Las
pensadoras de la diferencia sexual consideran que las mujeres no tendrían nada que
ganar de un acceso más equitativo al poder y a los recursos. Sus críticos dudan de
que puedan construir la identidad femenina y al mismo tiempo destruir el mito “mujer”.
El feminismo después de los ochenta
En la década de los ochenta apareció una formación conservadora reactiva que
intentó relegar al movimiento feminista. Mientras que en algunos países se intentó
crear organismos de igualdad para que construyeran un modelo femenino
conservador, en otros, por su muy distinto signo político, el pequeño feminismo
presente en los poderes públicos reclamó la visibilidad mediante el sistema de cuotas
y la paridad por medio de la discriminación positiva.
Siguió patente que el poder, autoridad y prestigio seguía en manos masculinas, existía
un “techo de cristal” en todas las escalas jerárquicas y organizacionales, por lo que el
tema de la visibilidad se convirtió en objetivo y el sistema de cuotas fue la herramienta
que permitía a las mujeres asegurar presencia y visibilidad en todos los tramos en lo
público.
Fueron apareciendo multitud de grupos pequeños e informales en los que las mujeres
se reunían, intercambiaban experiencias, promovían la auto concienciación, etc. En los
últimos años muchos de estos grupos se han ido transformando en asociaciones que
ofrecen apoyo a las mujeres, muchas veces con programas subvencionados por
organismos estatales.
Otro fenómeno que se ha dado es la realización de estudios sobre la problemática de
las mujeres dentro de las universidades.

Conceptos del pensamiento feminista

EL PENSAMIENTO FEMINISTA CONTEMPORÁNEO: CATEGORÍAS DE ANÁLISIS DE LA SOCIEDAD Y DE LA HISTORIA

 

Tomado de M .Milagros Rivera: Nombrar el mundo en femenino

 

La categoría mujeres.

 

La primera categoría de análisis, la más difícil de todas, aunque quizá no dé esta impresión a primera vista, es la categoría mujeres. Es una categoría difícil porque no tenemos pistas claras ara determinar ni con seguridad ni duraderamente qué es lo que en ella procede del orden sociosimbólico patriarcal, ni qué es lo que en ella procede de la resistencia al patriarcado, ni qué es lo que en ella procede de pensar en otros términos la experiencia personal de vivir en un cuerpo sexuado en femenino; o, incluso (pues hay autoras que sostienen esta posibilidad histórica) qué es lo que en ella procede de un vivir y de unos saberes previos a la irrupción violenta del patriarcado, vivir y saberes que habrían perdurado parcialmente en los márgenes del conocimiento hegemónico o en el inconsciente colectivo a lo largo de los siglos.

Es importante decir ya que en esa frase tan sencilla que acabo de decir (“pensar en otros términos la experiencia personal de vivir en un cuerpo sexuado en femenino”) está bosquejado un problema importante de la política y del pensamiento de las mujeres: puesto en otras palabras, se trata del problema de precisar, de definir de qué hablamos cuando hablamos de nosotras, cuando hablamos de mujeres…

 

Mujer sujeto político

 

Otra categoría importante del pensamiento feminista es la de mujer sujeto político. Es una categoría antigua, claramente definida en el marco de la Revolución norteamericana y sobre todo de la Revolución francesa. Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges son aquí nombres fundamentales, y Marie de Gournay un precedente clave de esos nombres. En la etapa renacentista de la Querella de las mujeres, algunas de las polemistas que participaron en ella habían trabajado para definirse como sujeto que habla e interviene por sí en la heterorrealidad. Para definirse ahora como sujeto político, las ilustradas adoptarían para sí las reivindicaciones de la clase revolucionaria del momento, una clase revolucionaria que era la burguesía. De ahía la reivindicación apasionada de la igualdad, de la igualdad de derechos con los sujetos políticos ya existentes en las sociedades occidentales y con los que estaban luchando para llegar a serlo. L lucha por constituirse en sujeto político perduró durante el movimiento sufragista. Y es una lucha y, por tanto, una categoría de análisis de la sociedad que sigue vigente en la actualidad. Sigue vigente en la actualidad para interpretar la historia y el mundo en que vivimos porque tanto desde el feminismo de la igualdad de derechos y oportunidades como desde la práctica política de la diferencia femenina se entiende que los contenidos que tiene la categoría “sujeto político” son insuficientes cuando se trata de las mujeres. Se entiende que, dos siglos después de la Revolución  francesa y dos o tres generaciones después de la obtención del derecho al voto, ser sujeta políti9ca no da acceso a lo mismo que ser sujeto político (no hay, por tanto, igualdad), ni significa tampoco diferencias exentas de subordinación (no hay, por tanto, cabida para las diferencias que sean resultado de la búsqueda y del ejercicio de la libertad femenina). Esta categoría es importante para estudiar las relaciones sociales de nuestra época y también para entender su historia: su historia desde la lucha o desde la carencia de derechos políticos, su historia desde la separación de la polis, de la democracia que no otorga, como decía Adriana Cavarero, un cuerpo a las mujeres libres.

 

Ginecocentrismo

 

Un concepto también antiguo en el pensamiento, en la política y en la historia de las mujeres es el de ginecocentrismo. El ginecocentrismo consiste en pensar ala realidad y en pensar su historia desde el punto de vista de las mujeres. Es decir, en desplazar a las mujeres de los márgenes  del conocimiento y de los márgenes del campo de visión, que es donde estaban tradicionalmente, y situarlas en el centro: ver el mundo y la historia desde la o las perspectivas de ellas. En este setido… escribía Gerda Lerner: “La pregunta central que plantea la historia de las mujeres es: cómo sería la historia si se mirara con los ojos de las mujeres y la ordenaran los valores que ellas definen”.

El concepto de ginecocentrismo ha sido matizado posteriormente. Hay incluso autoras que lo han rechazado porque piensan que se limita a sustituir a los hombres por las mujeres en el centro del discurso, manteniendo intacto un modelo discursivo hecho de oposiciones bimnarias, modelo que las mujeres sabemos muy bien (porque lo explicó ya definitivamente Simone de Beauvoir) que es jerárquico y excluyente.. Es decir, se ha observado críticamente que se trata de un concepto demasiado dependiente del pensamiento masculino, en el sentido de que se limitaría a invertir una operación básica de la filosofía corriente. En este sentido, al concepto de ginecocentrismo le ha ocurrido algo parecido a lo que le ha ocurrido al concepto mismo de feminismo: algunas autoras se han negado a asumir el término feminista porque lo consideran una inversión demasiado simple de machismo y machista. Hoy día se suele matizar la categoría “ginecocentrismo” aunque sin rechazarla, porque sigue teniendo valor político en el contexto de la acción del movimiento de mujeres y porque es una operación de resultados brillantes (aunque no necesariamente duraderos) a la hora de escribir historia de la heterorrealidad. Se suele matizar el concepto de ginecocentrismo porque esa frase que he formulado al principio “el punto de vista de las mujeres” condensa en pocas palabras un tema muy complejo: ni el punto de vista de las mujeres es único ni se sabe con claridad quién podría representarlos.

 

El patriarcado (ver aparte)

 

El género

 

Otra categoría del pensamiento feminista importante para la política y para la historia de las mujeres es la de género. El género fue, como el patriarcado, una categoría de análisis tremendamente liberadora cuando fue acuñada a principios de la década de 1970. Luego, con la experiencia acumulada de los resultados de su utilización, se ha podido constatar que es menos revolucionaria de lo que pareció en un primer momento; e, indudablemente, está claro ahora que es una categoría menos revolucionaria que las de patriarcado o de política sexual. Es, por otra parte, una categoría analítica que ha tenido gran éxito en ambientes académicos y en ambientes intelectuales liberales.

Fue un concepto muy liberador hace años porque nos permitió a las mujeres deshacernos definitivamente del biologicismo, del discurso de “lo natural”, y con ello nos permitió confiar en que era posible liberarse de hacer una política marcada por el aborto o por el coste de la cesta de la compra,  y de una historia de las mujeres que parecía que tenía que tratar siempre del parto, de la maternidad, de la dote, del espacio doméstico y del cuidado de los enfermos y los muertos. Y nos permitió liberarnos de todo eso con un discurso que salía del centro mismo del pensamiento dominante. En realidad. Este hecho, el salir el discurso de género del centro mismo del pensamiento masculino (es decir, de la academia), es ahora una de las trabas más importantes del concepto de género y de la teoría de los géneros, pero no lo fue hace años.

 

El género ha sido definido por Joan W. Scott como “un elemento constitutivo de las relaciones sociales basado en las diferencias percibidas entre los sexos, y género es un modo primario de significar las relaciones de poder”. Es una definición que parece asumir que los sexos son algo natural y no algo socialmente construido (lo socialmente construido sería sólo el género): como si las madres dieran a luz sin pensar, es decir, fuera de la cultura. Gerda Lerner, por su parte, ha descrito el género como “la definición cultural de la conducta definida como apropiada a los sexos en una sociedad dada en una época dada. Género es una serie de roles culturales. Es – prosigue- un disfraz, una máscara, una camisa de fuerza en la que hombres y mujeres bailan su desigual danza”. Todo esto quiere decir que lo que conocemos como “hombre” y lo que conocemos como “mujer” no consiste en un conjunto de atributos, en un conjunto de objetos predominantemente naturales, sino que se trata en gran parte de construcciones culturales. Es precisamente este punto el que fue muy liberador para las feministas de los años setenta.

 

La diferencia sexual

 

Una última categoría analítica importante de la política y de la historia de las mujeres es la de diferencia sexual. El concepto de diferencia sexual fue formulado en el pensamiento y en la política de las mujeres en los mismos años que otros conceptos fundamentales a que me he referido, como el de patriarcado o política sexual; a pesar de lo cual, ha tardado más tiempo en hallar aceptación. Fue mirado con desconfianza en los años setenta porque parecía conllevar un riesgo entonces considerado importante: que el concepto de diferencia sexual, mal entendido, e3ntendido de forma reduccionista, fuera utilizado para justificar con nuevos argumentos, con argumentos lila, los viejos planteamientos del determinismo biológico. Es decir, que sirviera para eliminar a las mujeres de los espacios de poder social conseguidos tras siglos de lucha por la igualdad, precisamente cuando la igualdad parecía haber sido formalmente obtenida en muchos países de Occidente. El miedo a este riesgo provocó la aparición, en los años setenta, de dos tipos enfrentados de feminismo: por una parte, el que se llamó “feminismo de la igualdad” y, por otra, el que fue denominado “feminismo de la diferencia”; dos feminismos que se contraponen mal porque lo contrario de igualdad es, en primer lugar, desigualdad, no diferencia; y porque la práctica política de la diferencia femenina rechaza lo que “feminismo” tiene de dependencia (dependencia en la lucha) del modo en e1que los hombres han definido el mundo. En la actualidad, la política y el pensamiento de la diferencia sexual se están convirtiendo progresivamente en una práctica y en un discurso imprescindibles dentro del marco del movimiento y del pensamiento de las mujeres.

Diferencia sexual se refiere directamente al cuerpo; al hecho de que, por azar, la gente nazcamos en un cuerpo sexuado: un cuerpo que llamamos femenino, un cuerpo que llamamos masculino. A este nacer en un cuerpo sexuado, el pensamiento de la diferencia sexual le ha llamado “un hecho desnudo y crudo”. Un hecho sin cobertura simbólica, sin ropaje que lo interprete, un hecho que no ha sido mínimamente humanizado, como resulta serlo el alimento crudo una vez pasado por el fuego. Un hecho, pues, desnudo y crudo porque es fundamental a nuestras vidas pero que ha quedado fuera de la cultura; fuera del pensamiento, fuera de la filosofía tal como la conocemos, fuera, incluso, del lenguaje. “La diferencia sexual representa uno de los problemas o el problema que nuestra época tiene que pensar”, escribió Luce Irigaray en 1984.

Esto quiere decir que en la epistemología dominante, en la organización dominante del conocimiento, las mujeres hemos quedado fuera. Porque, tradicionalmente, el sujeto del pensamiento, el sujeto del discurso, el sujeto de la historia, el sujeto del deseo es un ser masculino que se declara universal, que se declara representante de toda la humanidad. Según el pensamiento de la diferencia sexual, el sujeto del conocimiento no sería un ser neutro universal,  sino sexuado; y el conocimiento que ese sujeto pretendidamente universal ha producido a lo largo de la historia, sería solamente conocimiento masculino, conocimiento en el que las mujeres no nos reconocemos. Porque, en las sociedades patriarcales , los hombres habrían construido su identidad masculina como única identidad posible, y nos habrían negado a las mujeres una subjetividad propia. De ahí la condena ancestral al silencio. Por tanto, lo que conocemos como femenino en el patriarcado, no sería lo que las mujeres son o han sido en el pasado, sino lo que los hombres –o algunos hombres- han construido para ellas, han dicho que ellas son. Y lo son en relación especular con lo masculino, vacías por tanto de contenidos independientes. Precisamente esta carencia de subjetividad femenina independiente sería necesaria para la perpetuación del patriarcado, para que las mujeres aceptemos nuestra subordinación social en el marco de una familia fundada en el contrato sexual. Y explicaría la histeria, la tendencia femenina a convertir el texto en cuerpo, a falta de otro lenguaje con que decirnos.

 

Que la diferencia femenina haya quedado fuera del conocimiento

Dominante no quiere decir, sin embargo, que no haya sido practicada por mujeres de épocas anteriores a la segunda mitad del siglo XX. Pienso que siempre ha habido en el orden patriarcal mujeres que han buscado y han hallado un sentido de sí y del mundo en femenino en la reflexión y en la escritura de su experiencia personal. Es decir, que han dado libremente significados a ese sexo que –lo ha dicho Luce Irigaray- “no es uno”. Al hacerlo, se han separado del modelo de sexo femenino vigente y han actuado como de-generadas, como mujeres sin género. Han actuado como de-generadas no en la crítica y en la lucha contra el orden socio-simbólico patriarcal, sino en el apartamiento de este orden y en la búsqueda de otras mediaciones, de mediaciones no viriles, para intentar estar en el mundo en femenino. Esta de-generación no ha consistido ni consiste en una reforma de los contenidos de lo femenino sino en un cambio radical de la naturaleza de la relación consigo mismas, con las otras mujeres y con los hombres.

Aportaciones del pensamiento feminista (Esquema)

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Taller de filosofía para indignad@s “Aurora”

 

Aportaciones del pensamiento feminista

 

Un esquema de trabajo tomado de María-Milagros Rivera: Nombrar el mundo en femenino. Pensamiento de las mujeres y teoría feminista

 

“ Si se observa en general el pensamiento contemporáneo de las mujeres, se ve enseguida que ha llegado a crear y a teorizar un número significativo de categorías de análisis de la sociedad y de la historia. Se trata de categorías de análisis muy variadas, que han sido elaboradas desde distintas materias del conocimiento académico, como pueden ser la antropología, la historia, la filosofía, el arte, la sociología, la psicología, el análisis literario, la teoría psicoanalítica, la teoría económica y política, etc., pero sin perder nunca de vista la interdisciplinaridad (o la metadisciplinaridad) y, sobre todo, sin perder de vista al movimiento de las mujeres. Es decir, sin perder nunca de vista la práctica política; porque se trata de instrumentos de análisis y de creación de saber de las mujeres, no de saber sobre las mujeres, que nos objetivice dejándonos en la situación de subordinación y de nudez que era el punto de partida del análisis y de la acción política…

La teoría se convierte así en palabras que hacen ver lo que es…

CATEGORÍAS DE ANÁLISIS

Mi presentación de categorías de análisis no pretende ser, en absoluto, exhaustiva. Quiero nada más ofrecer un panorama general, que será después parcialmente ampliado al tratar por separado diversas corrientes teóricas o modelos de interpretación.

 

  1. La categoría mujeres
  2. Mujer sujeto político y ginecocentrismo
  3. El patriarcado
  4. El género
  5. La diferencia sexual

 

MODELOS TEÓRICOS

 

Las categorías o instrumentos de análisis referidas se agrupan en combinaciones diversas hasta constituir modelos de interpretación de la realidad y de la historia. Yo diría que, en el pensamiento feminista occidental, se pueden distinguir (al menos) cuatro corrientes teóricas, cuatro modelos de interpretación ya claramente desarrollados. Estos modelos son:

 

  1. El feminismo materialista
  2. Los estudios lesbianos
  3. La teoría de los géneros
  4. El pensamiento de la diferencia sexual.

 

   Se trata de modelos distintos entre sí en muchos sentidos; de modelos que, además, han surgido en culturas políticas diversas dentro del mundo occidental o de sectores de otras sociedades aculturadas por Occidente. Y son, como decía, obra de mujeres cuya formación intelectual, experiencia política y especialización profesional son muy variadas.”

¿Nietzsche contra los indignados’

¿Nietzsche contra los indignados? (contra las ideas de culpa, castigo, venganza)

 

Siempre que se han buscado responsabilidades, ha sido el instinto de venganza quien lo ha hecho. Ese instinto ha dominado de tal forma a la humanidad, en el transcurso de los siglos, que toda la metafísica, la psicología, la historia y sobre todo la moral acusan su huella. Desde que el hombre empezó a pensar, ha inyectado en las cosas el bacilo de la venganza. Ha contaminado al mismo Dios, ha arrebatado la inocencia a la existencia, reduciendo todas las modalidades del Ser a una voluntad, a intenciones, a actos de responsabilidad. La teoría entera de la voluntad, nefasta falsificación de toda la psicología anterior, fue inventada esencialmente con el fin de castigar. La utilidad social del castigo garantizaba la dignidad, el poder, la verdad, a ese concepto. Los inventores de esa psicología –de la psicología de la voluntad- surgieron en las clases que tenían en su poder el derecho de castigar, principalmente en la clase sacerdotal que estaba al frente de las más antiguas comunidades; y fueron los sacerdotes los que quisieron dar a Dios el derecho de vengarse. Para este fin se imaginó que el hombre era “libre”…

 

Hoy, cuando parece iniciarse el movimiento contrario en toda Europa, cuando nosotros, pensadores alciones (NOTA: Para Nietzsche los alciones, aves marinas, simbolizan “la libertad de espíritu”), queremos eliminar, expulsar, extinguir de entre nosotros el concepto de culpa y el de castigo, y que todos nuestros esfuerzos tienen por objeto purificar de esta basura la psicología, la moral, la Historia, la naturaleza, las instituciones y sanciones sociales y hasta el mismo Dios, ¿en quiénes debemos reconocer nuestros naturales antagonistas? Precisamente en aquellos apóstoles de la venganza y el resentimiento, en aquellos “pesimistas de la indignación” que se consagraban a santificar sus excrementos con el nombre de “indignación”… Nosotros queremos devolver al devenir su inocencia, nosotros querríamos ser misioneros de un pensamiento más puro: al hombre nadie le da sus cualidades, ni Dios, ni la sociedad, ni sus padres, ni sus antepasados, ni él mismo –nadie es culpable de él…No existe ser alguno al que pueda hacérsele responsable de la existencia de otro ser, de que tenga tal o cual cualidad, de que haya nacido en tales circunstancias, en tal ambiente…¡Qué gran consuelo la inexistencia de ese ser!… Nosotros no somos resultado de una intención eterna, de una voluntad, de un deseo; con nosotros no se ha hecho ningún intento de realizar un “ideal de perfección”, ni un “ideal de felicidad”, ni de alcanzar un “ideal de virtud”; tampoco somos una tentativa divina fracasada, de la cual Dios tenga que arrepentirse (idea que se encuentra, como se sabe, al comienzo del Antiguo Testamento). Nuestra existencia y nuestro modo de existir no pueden imputarse a lugar, fin o sentido alguno… En el hecho de que sea así, aparte de un gran consuelo, encontramos la inocencia de todo lo que existe.

                                                      La Voluntad de Poder, libro III, epíg. 458

Nietzsche, voliuntad de poder

Friedrich Nietzsche: la Voluntad de Poder como naturaleza íntima del ser
Les dejo un texto estupendo, en el que Nietzsche, más metafísico imposible, nos enseña cuál es la esencia de nuestro ser: la voluntad de poder. Vale la siguiente aclaración: si bien Nietzsche critica la metafísica como cultura occidental desde Platón hasta sus días, eso no equivale a que él mismo no lleve a cabo su propia metafísica. Cambia el enfoque, cambian los fundamentos, “dios ha muerto”, recuerden, nihilismo no quiere decir destrozar todo y quedarnos en la nada absoluta, al menos eso no quiere decir en Nietzsche, él nos hace propuestas ontológicas nuevas, no se queda en la nada como el mala onda de Feuerbach. Espero que les guste, saludos!

¿Y sabéis, en definitiva, qué es para mí «el mundo»? ¿Tendré aún que mostrároslo en mi espejo?… Este mundo es un monstruo de fuerza, sin principio ni fin; es una suma fija de fuerza dura como el bronce, que no se hace más grande ni más pequeña, que no se gasta, sino que se transforma, y cuya totalidad es una magnitud invariable, una economía sin gastos ni pérdidas, pero también sin incremento; encerrada dentro de la «nada» como su límite, sin ninguna cosa flotante, sin desgaste sin extensión infinita, inserta como una fuerza determinada en un espacio determinado y no en un espacio que abarcaría el «vacío»; es una fuerza que se encuentra en todas partes, una y múltiple como un juego de fuerzas y de ondas de fuerza perpetuamente agitadas, eternamente en cambio, en reflujo continuo, con gigantescos años que se repiten regularmente, flujos y reflujos de sus formas, que van desde las más simples a las más complicadas, de las más tranquilas, de las más fijas, a las más frías, a las más ardientes, más violentas, más contradictorias, para volver en seguida de la multiplicidad a la simplicidad, del juego de los contrastes a la necesidad de armonía, afirmando su ser en esa regularidad de ciclos y años glorificándose a sí mismo en la santidad de lo que debe tornar eternamente, como un devenir que no conoce ni la saciedad, ni el disgusto, ni el cansancio. Este es mi universo dionisíaco que se crea y se destruye perpetuamente a sí mismo; ese enigmático mundo de la doble voluptuosidad, éste es mi «más allá del bien y del mal», sin fin, a menos que no sea un fin la felicidad de haber cumplido el ciclo, sin voluntad, a menos que un anillo no pruebe su buena voluntad de girar eternamente sobre sí mismo y nada más que sobre sí mismo, en su propia órbita. Ese es el universo mío, ¿quien es pues lo suficientemente lúcido como para exponer su alma a este espejo? ¿O para oponer su propia solución al enigma de Dionisio? Y aquel que fuese capaz de ello, ¿no debería hacer más todavía? ¿No debería casarse con el «ciclo de los ciclos», jurar su propio retorno, aceptar el ciclo que eternamente se bendecirá y afirmará a sí mismo, con la voluntad de querer todas las cosas de nuevo, de ver tornar todo lo que ha sido, de ver marchar todo lo que debe ser siempre? ¿Sabéis ahora que es el mundo para mí, y lo que yo quiero, cuando quiero este mundo?

¿Queréis un nombre para este universo, una solución para todos sus enigmas? ¿Queréis en suma una luz para vosotros, los más tenebrosos, los más fuertes, los más intrépidos de todos los espíritus? Este mundo, es el mundo de la voluntad de poder y nada más. Y vosotros sois también esa voluntad de poder, y nada más.
[…]

Si es verdad que la naturaleza íntima del Ser es la voluntad de poder, si todo aumento de poder es placer, si todo sentimiento de no poder resistir, de no poder dominar es dolor, ¿no deberíamos considerar entonces el placer y el dolor como hechos cardinales? ¿Puede existir la voluntad sin esta doble oscilación del sí y el no? Pero ¿quién siente el placer?… Tales preguntas son totalmente absurdas, si el Ser es en sí mismo voluntad de poder, y, por consiguiente, ¡sensación de placer y dolor! Sin embargo, tiene necesidad de contradicciones, resistencias; por lo tanto, relativamente, de unidades que se sobreponen a él…

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FUENTE: La Voluntad de Poder, libro II, § 51 y § 54. De la selección de textos En torno a la Voluntad de Poder, Península, Barcelona 1973, p.120-122

La voluntad de poder (El libro) (M.Morey)

Taller de filosofía para indignados “Aurora”

 

La voluntad de Poder (El libro)

 

En el verano de 1886, en Sils-María, Nietzsche bosqueja un plan de la obra en cuatro volúmenes, y al año siguiente, el 17 de marzo, en Niza, imagina el esquema que su hermana y demás primeros albaceas editoriales considerarán el idóneo para ordenar temáticamente sus papeles póstumos. Como es sabido, los actuales editores de la obra completa de Nietzsche, considerada hoy la edición crítica definitiva, Giorgio Colli y Mazzino Montinari, han desestimado este criterio por poco fiable si no abiertamente falseador, optando por la publicación de sus papeles póstumos en capas cronológicas   -con lo que desaparece la pretendida “obra” de Nietzsche que llevaba por título La voluntad de poder. Sin embargo, y con esta reserva, merece la pena recordar ese proyecto que Nietzsche no pudo cumplir y que, como escribía a su hermana, el 2 de septiembre de 1886, “… para llevarlo a cabo me hace falta todo, salud, soledad, buen humor, quizá una mujer…”. El esquema de Niza reza como sigue:

 

La voluntad de poder

(Ensayo de una transmutación de todos los valores)

Libro Primero:

El nihilismo europeo

Libro Segundo:

Crítica de los más altos valores tradicionales.

Libro Tercero:

Principio de una valoración nueva.

Libro Cuarto:

Disciplina y formación potenciadora.

 

La versión publicada póstumamente por la hermana se abre con las siguientes y célebres palabras: “Lo que yo cuento aquí es la historia de las próximas dos centurias. Describo lo que vendrá, lo que no puede menos que venir: el advenimiento del nihilismo. Esta historia puede ser contada ya ahora; pues opera en ella la necesidad misma. Este futuro habla ya a través de cien signos; este destino se anuncia por doquier; ya todos los oídos están aguzados, prontos, a captar esa música del porvenir. Desde hace mucho toda nuestra cultura europea, presa de una tensión angustiosa que aumenta de década en década, se encamina a una catástrofe – inquieta, violenta, y precipitada; cual río que ansía desembocar en el mar, ya no reflexiona, tiene miedo de reflexionar”.

Miguel Morey: Friedrich Nietzsche, una biografía

 

Próximo encuentro: viernes 6 de julio, 18:00

Nietzsche, voluntad de poder (Resumen)

La voluntad de poder, “esencia” de la vida (Resumen)

        Es el principio básico de la realidad a partir del cual se desarrollan todos los seres, la fuerza primordial que busca mantenerse en el ser, y ser aún más. Nietzsche cree que en todas las cosas encontramos un afán por la existencia, desde el mundo inorgánico hasta el mundo humano, pasando por todos los distintos niveles de seres vivos. Todas las cosas son expresión de un fondo primordial que pugna por existir y por existir siendo más. Sus escritos anteriores a 1890 (fecha en la que le sobrevino la locura) eran esencialmente críticos con los esquemas mentales que han dominado toda nuestra cultura desde sus mismos orígenes –el platonismo–. Sin embargo, en su última obra escrita en la cordura (“La voluntad de poder”) Nietzsche intentó describir su visión positiva de la realidad, que coincide con la que presentó ya en su primera obra, “El nacimiento de la tragedia”, con la noción de lo dionisíaco. Las características que para él tiene la realidad, el ser (por lo tanto, la voluntad de poder) son:

  • irracionalidad: la razón es sólo una dimensión de la realidad, pero ni la más verdadera ni la más profunda pues el mundo no es racional sino caos, multiplicidad, diferencia, variación y muerte, y en el hombre la razón no tiene –ni debe tener– la última palabra, puesto que siempre está al servicio de otras instancias más básicas como los instintos o las emociones;
  • inconsciencia: la fuerza primordial que determina el curso de todas las cosas no es consciente, aunque esporádica y fugazmente se manifiesta de este modo precisamente en los seres humanos; pero incluso en este caso la consciencia no tiene carácter sustantivo, ni crea un nivel de realidad nuevo o independiente;
  • falta de finalidad: las distintas manifestaciones que toman las fuerzas de la vida, sus modificaciones y consecuencias, no tienen ningún objetivo o fin, no buscan nada, son así pero nada hay en su interior que les marque un destino; Nietzsche declara con ello el carácter gratuito de la existencia;
  • impersonalidad: esta fuerza no puede identificarse con un ser personal, se trata en realidad de un cúmulo de fuerzas, no de una básica que supuestamente esté a la base de todas las visibles; un cúmulo de fuerzas que buscan la existencia y el ser más, compitiendo en dicho afán entre sí, enfrentándose y aniquilándose.

Hay que recordar que Nietzsche no entiende por “voluntad” lo que habitualmente llamamos con este término:  para nosotros  es lo que nos permite tener actos de querer,  la fuerza que descansa en nuestro interior gracias a la cual dirigimos nuestra conducta y con la que somos capaces de realizar nuestros fines conscientes. La tradición aristotélico-tomista la consideraba una facultad del alma, la psicología actual una capacidad de la mente. Para Nietzsche esta voluntad es una manifestación superficial de una fuerza que está más en lo profundo de nuestro ser. La voluntad de poder no es la voluntad que se descubre con el conocimiento de uno mismo, que se conoce por introspección. Esta voluntad es una simplificación de un complejo juego de causas y efectos. No hay un deseo único, hay una pluralidad de instintos, pulsiones, inclinaciones diversas, que se enfrentan unas a otras; a la consciencia sólo llegan los resultados de dicho enfrentamiento. La voluntad de poder se identifica con cualquier fuerza, inorgánica, orgánica, psicológica, y tiende a su autoafirmación: no se trata de voluntad de existir, sino de ser más. Es el fondo primordial de la existencia y de la vida.